lunes, 21 de agosto de 2017

La hipocresía apunta al turismo

'El grito' de Munch graciosero.
"La Graciosa. Turismo masivo en 29 km" reza el titular de una cadena de televisión sobre lo vivido este mes de agosto en la isla chinija. ¿Es el turismo el culpable de la masificación? Pues, como todo: si y no. Y menos hoy día, cuando puedes encontrarte con que al mismo tiempo no cabe un alfiler en el fútbol, los comercios, el campo o la playa. Todo está abarrotado, y no de turistas precisamente. Porque ir a pasar el día a la Playa Amarilla o Las Conchas es una opción al alcance de muchos. Más gente habrá, seguro, en Melenara o en Guguy, y nadie culpa al turismo de esas movilizaciones que se desplazan de un lugar a otro para entretenerse con cualquier cosa, incluso con la llegada a la playa de chuchos, mantas y rayas a desovar, con las molestias que producen cientos de personas en la orilla intentando grabarlas con sus móviles. Pero, insisto, eso no es turismo. La OMT lo dice bien claro: «actividades que realizan las personas durante sus viajes y estancias en lugares distintos a su entorno habitual por un período de tiempo consecutivo inferior a un año, con fines de ocio, negocios u otros». Y, si no hay pernoctación, se trataría de excursionistas. Habrá que ver quién dice a los conejeros que no vayan de excursión a La Graciosa o a los majoreros a pasar el día en Lobos.

Sin embargo, hay quienes se frustran porque se creen con el derecho a ser los únicos habitantes de la tierra y a disfrutar en exclusiva de los recursos del planeta. Los mismos que han encontrado un cómodo chivo expiatorio de todos los males: el turismo, al que culpamos incluso de nuestros fracasos como sociedad individualista acaparadora de los espacios que compartimos y que reflejan la falta de educación, exceso de vulgaridad y el egoismo como norma. Y así nos va. Cuando nos encontramos con que La Graciosa recibe a diario al triple de personas que los que residen en la isla. O que Lobos se llena de paseantes que -contradictoriamente-buscan la soledad. Nos contraría, aunque esas masas no sean extranjeros (ni propiamente turistas) sino visitantes isleños en su mayoría, señalados despectivamente como 'turistas' o peor dicho: 'turismo de masas', la nueva plaga…

Y es que le colgamos el sambenito de 'turismo de masas' a lo que en realidad era 'turismo popular', el turismo de los trabajadores que habían logrado desde 1936 (en Francia) la aprobación de sus periodos de vacaciones pagadas. A partir de ahí, con un lenguaje clasista, se les menospreciaba a pesar de que suponía un cambio cualitativo respecto al antecedente: el mochilero. Un cambio que obligaba a contar con nuevas infraestructuras para un número creciente de viajeros: hoteles, apartamentos, aeropuertos... E, incluso, templos para el culto de otras religiones. De hecho, el turismo propició el ecumenismo y la socialización del ocio y los servicios. Curioso que ahora se pretenda restringir la actividad turística a unos pocos privilegiados y que el conjunto de la sociedad viva a cuenta del turismo.

Pero bueno, dicho esto, han transcurrido varias décadas desde la irrupción del turismo popular o charter y nos encontramos con brotes de la llamada turismofobia que se manifiesta como rechazo a la llegada masiva de personas que transforman la ciudad en un lugar incómodo para vivir, más caro y, en ocasiones, insoportable con borrachos ruidosos y embrutecidos. Pero no tienen por qué ser turistas, que también puede haberlos. En realidad, es una amalgama de visitantes y vecinos, o en ocasiones verdaderas hordas de maleducados, guarros y egoistas.

'Bioagaete' masivo.
En realidad, la mayoría de los turistas vienen a encerrarse en sus guetos de seguridad, hamaca (si la consiguen), piscina y comida. Y más si acuden a establecimientos de todo incluido. Por el contrario, los lugares masificados en las islas muestran otro perfil de gentes que hacen ostentación de su condición de colectividad abierta con algún turista espontáneo, para la diversión o el espectáculo, de forma cívica y gratificante, o todo lo contrario, aunque para mostrar la falta de educación y respeto no hace falta una muchedumbre. Hay quien mancha un santuario aborigen con un corazón y su nombre, o pinta el grafitti estúpido en el roque del Fraile, garabatos que invaden los rincones de la isla. Tampoco hace falta la masa para tirar la basura al suelo junto a una papelera llena en vez de llevarla hasta otra papelera o contenedor, pero la pulcritud supone esfuerzo y cooperación palabras devaluadas en cerebros vacíos o cargados de egoismo, que no es sinónimo de turismo.

La hospitalidad, cortesía, civismo son los principios de la actividad turística, pero hoy día son palabras desvirtuadas en una sociedad en la que se extiende la creencia de que todos los derechos son de uno y los deberes del otro. La playa, el campo, la acera, todo es de cada uno, exclusivo, y hasta la masificación de la que todos participamos es culpa de los otros. Cuando nosotros somos parte de esos 'otros'.

De ahí que muchísima gente culpe de los excesos al turismo y no reconocen la incultura, idiotez, falta de educación, sobrepoblación y un larguísimo etcétera. Incluso los vertidos fecales al litoral parece que son solamente producidos por los turistas (vendrán con bandera, supongo), como si no tuviéramos la obligación de depurar las -nuestras- aguas residuales que se mezclan en el mar con buques incendiados con mercancías peligrosas, que no son precisamente cruceros turísticos, pero nadie ha inventado la palabra puertofobia.

Es cierto que se producen encontronazos o situaciones delicadas por la llegada de un perfil de turistas indeseable, aunque no mucho peor que algunos personajes de las hinchadas futboleras o de destinos que apuestan por el low cost y las borracheras sin fin. Y también es cierto que hay destinos que han exiliado al residente por el floreciente negocio de alquiler de alojamientos, como en el caso veneciano pero ¿estaríamos dispuestos a dejar de visitar esos lugares y dejar de ser parte del problema?

viernes, 11 de agosto de 2017

La frágil frontera entre la hospitalidad y la turismofobia

El Queen Mary en La Luz, AÑOS 60 (FEDAC).
El rechazo a lo foráneo no es nuevo, es parte de la forma de ser de la humanidad que, aunque inmersa en la globalización, mantiene sus reflejos psicológicos grupales propios de tribus o comunidades que abandonaron el nomadismo para asentarse en lugares donde se consolidaron y crearon sus estructuras sociales entre las que figura la propiedad o la religión. De ahí que uno de los primeros casos de 'turismofobia' podríamos señalarlo en los inicios del turismo de salud, cuando los ciudadanos temían el contagio de enfermedades, o en una segunda etapa cuando arranca el turismo de masas, cuando había un rechazo doctrinal a las creencias religiosas de los chonis, el posible contagio de su democracia o, más importante, la moralidad pecaminosa de aquellas mujeres que mostraban con descaro sus cuerpos en bikini.

Lo de ahora es bien distinto, es el rechazo a un modelo de turismo que ha producido la mayor transformación y desarrollo económico conocido en las islas, pero que también ocasiona situaciones no deseables, aunque en esto hay demasiados tópicos y desinformación por falta de explicaciones e iniciativas pedagogicas para explicar la actividad turística y, sobre todo, para poder rentabilizarla. Algo que han hecho bien en otros destinos creados y diseñados para atraer turismo porque, no nos llamemos a engaño, todos quieren hacer turismo y sólo vemos los problemas en casa, aunque la culpa de esos problemas sea de los propios gestores de cada destino y no del turista que viene atraído por lo que se le ofrece.

Y es que no hay sector que más incremente sus salarios en España, que aporte tanto al PIB, que realice un uso más eficiente del agua, que incorpore los equipamientos para la producción de energía limpia, o que genere más ingresos y empleo en la Comunidad. Sin olvidar el auge de producciones cinematográficas que mejoran la marca isleña a pesar de que también surgen detractores. Y, dicho esto, si decidiéramos cambiar de modelo económico ¿habría otro sector que pudiera cubrir mínimamente la actividad en las islas? La industria no puede absorberlo, el sector agropecuario está subvencionado y los sueños de una sociedad tecnológica de alto valor añadido se desinflan con la diáspora masiva de profesionales a otros países o regiones... Y así cualquier posibilidad.

Promoción del Hotel Santa Catalina.
Poca memoria tenemos cuando nos quejamos de que el turismo ocupa las zonas de mayor valor ambiental de las islas, cuando hace poco más de cinco décadas eran el suelo improductivo que nadie quería. Ni recordamos que los monocultivos agrícolas nos conducían inexorablemente a crisis profundas que desembocaban en hambrunas y emigraciones masivas. 

Guía ilustrada por Néstor.
Pero tampoco debemos tirar voladores por el modelo actual. Un negocio turístico que controlan mayoritariamente agentes foráneos, que se centra en el sol y playa (que sale gratis a los turistas) a precios competitivos, o sea, de bajo beneficio para el destino (por culpa nuestra) y una obsesión desde las administraciones por traer más y más turistas -como si esa fuera la única medida posible de éxito- dedicando a ello cuantiosos recursos públicos en vez de sentar las bases de un modelo de progreso y sostenible, que prime la obtención de rentas y la ocupación para los residentes. Y la culpa no hay que echarla a las empresas turísticas que ni 'venden' las cifras de entrada de turistas ni encuentran en las islas las personas formadas para sus plantillas, y mucho menos planifican el territorio para convertir el litoral en cascadas de construcciones sobre el mar que confirman el efecto masificador del modelo actual en el que impera el 'low cost' en todos los ámbitos.

No olvido que hay numerosas debilidades en el sector turístico canario: poco competitivo en precios (nos salvaron las 'primaveras árabes'), de bajos salarios (por el perfil del sector de baja cualificación, aunque es el que más incrementa salarios), por su importante consumo energético, la llegada de personal foráneo, la demanda de infraestructuras y equipamientos, o la tendencia al turismo residencial (pero no olvidemos que en un principio fueron los propios canarios quienes compraron apartamentos para obtener rentas), la dependencia de los turoperadores extranjeros, o el riesgo del 'monocultivo' en un mercado global, etc. etc. Pero no se ha puesto freno a determinadas fórmulas que atraen turistas más propios de 'Resacón en Las Vegas' que de un destino de tranquilidad, bienestar y oferta de ocio novedosa y atractiva.

No quiero decir con ésto que la calidad se imponga a través de restricciones y exigencias medidas en estrellas de los establecimientos: hay hoteles de pocas estrellas con gran calidad en su segmento, al igual que apartamentos e incluso viviendas vacacionales. La calidad viene dada por el gasto en destino y eso se da en diferentes tipos de establecimientos con un beneficio mayor en el destino. Por ello, plantear por ejemplo poner una tasa es generalizar y dar una respuesta errónea al problema.

Sin embargo, la respuesta no ha de ser la de poner punto final a nuestra proverbial hospitalidad, una de las más valoradas cualidades de nuestro destino, para acusar al turismo de los males de la sociedad. Estamos jugando con fuego y contra los intereses de la mayor parte de nuestra sociedad. Hablemos de mejorar el turismo y convertirlo en el eje vertebrador de nuestro bienestar y de nuestro desarrollo tecnológico. Convirtamos las islas en ese lugar de salud (hoy lo llaman wellness) y de inovación y tecnología con nuevos productos para el turismo que, en esto, no hemos sido conscientes ni consecuentes con las oportunidades que nos ofrece la actividad turística.

jueves, 10 de agosto de 2017

Entender el caso del Oasis de Maspalomas

Colón o astronautas. Motivos para la protección.
Una sentencia del TSJC insta a declarar Bien de Interés Cultural (BIC) como Sitio Histórico al Oasis de Maspalomas (Gran Canaria), por el paso de Colón por Maspalomas en su cuarto y último viaje. El apoyo judicial a la iniciativa del expresidente del Cabildo, José Miguel Bravo de Laguna, ha sido aplaudida por éste, mientras el Gobierno de Canarias, el Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana y las empresas afectadas estudian si la recurrirán. Particularmente, me alegro de que este espacio pueda aspirar en un futuro a recuperar su papel como joya paisajística, pero disiento de que el tribunal haya considerado solamente como arbitrario el rechazo del Gobierno de Canarias a la declaración del BIC, cuando tan sólo el motivo y la delimitación propuesta ya es suficiente arbitrariedad. Incluso, añadiría falta de valentía porque en realidad de lo que se trataba era proteger una parcela que a lo largo de los últimos 50 años ha protagonizado más páginas de periódicos que cualquier otro asunto.

Pero, por un motivo vuelvo a si Colón puso su pie en una piedra o en una duna, o que Colón desembarcara o no, o que Maspalomas en 1502 era un territorio apenas conocido y sin delimitar. Y todo ello, porque el ex presidente del Cabildo ha acusado de no defender los intereses de los grancanarios a Editorial Prensa Canaria (La Provincia), a José Ignacio Mañaricúa (presidente de la Federación de Empresarios de Hostelería y Turismo de Las Palmas) y a quienes no compartían su criterio. Y eso no es cierto. En todo caso, se produjo un debate a la altura de la importancia del lugar y la historia. Una discusión que puso de manifiesto que las administraciones de diferente tipo, color político y ámbito acumulan un volumen de arbitrariedades sobre este lugar que debería dar vergüenza a más de uno y siempre en detrimento del interés de los grancanarios.

Para entender esta situación hay que remontarse a la primera propuesta turística para Maspalomas que, lógicamente, la encontramos en el visionario Néstor Martín-Fernández de la Torre, quien afirmó "Hemos de tener en cuenta también la formidable playa de Maspalomas. No concibamos las cosas en pequeño, sino en grande, con la vista en el porvenir" (1939).

Zona protegida por el BIC.
Posteriormente, el Cabildo Insular presidido por Matías Vega Guerra plantearía varias posibilidades para el lugar, encargando en 1952 al el arquitecto mernorquín Nicolás María Rubió Tudurí, el proyecto del entorno del oasis Maspalomas, quien ideó unos jardines, un zoológico, campo de golf... También pidió al arquitecto Miguel Martín-Fernández de la Torre un proyecto de albergue o parador. Ideas que fueron rechazadas por la familia condal que, aceptando el reto de Néstor, sacaron adelante el Concurso Internacional de Ideas Maspalomas Costa Canaria (1962), con la colaboración del arquitecto, Manuel de la Peña Suárez, quien llevó a término el concurso y, posteriormente, sería encomendado para buscar al arquitecto que pudiera crear “el mejor hotel del Atlántico” en el oasis, sugiriendo al equipo Molezum-Corrales con un proyecto que tuvieron que adaptar a la realidad. El suelo no podía soportar un edificio de gran altura por lo que se optó por uno más bajo y ancho. Los problemas de las aguas subterráneas desaparecerían con el tiempo, a causa de la construcción de presas y la canalización del barranco que restarían agua al subsuelo. Además se realizarían otras construcciones: viviendas y apartamentos que bordean la charca, el hotel IFA Faro en primera línea de costa (del fondo de inversión alemán IFA que sería comprado por Lopesan), el centro comercial y luego los establecimientos de Theo Gerlach (Palm Oasis, Residencia o el Dunas que sería demolido el 5 de junio de 1989).

El hotel Oasis sería ampliado de 148 a 350 habitaciones, lo que provocó una sentencia que declaraba ilegal la ampliación, por ocupación de zonas verdes de uso público. La sentencia fue declarada inejecutable (hay otros casos 'llamativos' de sentencias inejecutables en las islas, como el edificio de Balito en Mogán, levantado sobre el mar, o el aparthotel Fariones en Tías, por superar la cota de la carretera).

Uno de los primeros mapas que sitúa Maspalomas en 1686.
Adquirido y reformado de forma radical en su interior por Banesto, fue posteriormente vendido a la cadena Riu, que inició en 2012 el procedimiento para reformarlo y ampliar sus camas hasta 450 con un diseño criticado, lo cual dio origen a la petición de varios profesionales y de la empresa Lopesan de declarar el edificio como Bien de Interés Cultural por su valor arquitectónico (su protagonismo en la primera expedición a la Luna no fue considerada importante!!!), cuando ya tenían licencia municipal para iniciar la obra. El Cabildo rechazó proteger el inmueble pero declaró la zona como Sitio Histórico por el paso de Cristóbal Colón en su cuarto viaje. Y el Gobierno de Canarias rechazó tal pretensión. En ese proceso, surge una sentencia en 2016 que afirma que el establecimiento (y otros existentes en el lugar) está dentro de la Reserva Natural de las Dunas y que hubo un “error” en la delimitación del suelo en la Ley de Espacios Naturales y en el Plan General de Ordenación Urbana, del que ningún técnico municipal o autonómico se dio cuenta en su momento. ¡Menudo error!

La parálisis del proyecto de Riu también también ha frenado la renovación del obsoleto centro comercial y congela cualquier actuación sobre el resto de edificaciones del lugar. A ello se suma los vaivenes del Palmeral Tony Gallardo, cuyo estado de abandono ha sido objeto de constantes denuncias.

Otros problemas que afectan al espacio son la pérdida de arena del ecosistema dunar, o el impacto de la canalización del barranco, lo que impide la histórica distribución de las aguas en el conjunto del antiguo oasis.

Maspalomas en planos de 1746.
Y, al final, se declara Sitio Histórico porque en dos líneas escritas por el hijo de Colón y otro marino, se dice que pararon en Maspalomas a coger agua y leña. Sin aportar ningún otro dato. Es cierto e indiscutible que existen esos documentos históricos, como ha documentado perfectamente el catedrático Manuel Lobo Cabrera. Pero también es cierta la ambigüedad e indefinición de dichas citas. Y es que señalar el palmeral como el lugar concreto para declarar como Sitio Histórico no deja de ser una absoluta arbitrariedad cuando Maspalomas era el topónimo que abarcaba desde Juan Grande hasta El Pajar. Lo que es mucho territorio. Igualmente, creo que más importante que su cuarta expedición lo es la primera, y no ha sido declarado Sitio Histórico ni Gando ni la bahía de La Luz.

Además, el cuarto viaje fue desastroso para el Almirante de la Mar Océana, ya que no le dejaron desembarcar ni resguardarse del huracán en La Española. Estuvo en Panamá, donde hoy está el canal, y desistió de buscar el Pacífico. Fue atacado por los guaymis. La 'broma' devoró la madera de sus barcos hasta hundirlos y no pudo arreglarlos porque los calafateadores habían muerto en los ataques indígenas. Se refugió en Jamaica durante varios meses donde se amotinó parte de la expedición liderada por los hermanos Porras provocando conflictos con los indígenas de los que se salvó gracias a un eclipse de luna y mucha superstición. Envió en una lancha a Méndez a pedir ayuda a La Española, donde llegó tras cuatro días a remo. La misma distancia tardó 45 días Colón en recorrerla con el barco que vino a recogerlos por los fuertes vientos en contra. Regresó enfermo a España y falleció dos años después. Un cuarto viaje para olvidar que se ha convertido en el argumento fundamental para una declaración de Sitio Histórico en vez de liderar la recuperación como símbolo insular del conjunto del palmeral dentro de la Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas, como bien apuntan en sus informes los mismos técnicos del Cabildo.

lunes, 7 de agosto de 2017

Arucas, la 'montaña' y su Secreto

Mesón de la Montaña de Arucas (1963)
Difícil tarea convertir el Mesón de la Montaña de Arucas en un negocio rentable. Un lugar donde la naturaleza ofrece una Atalaya privilegiada sobre un territorio que hace unas pocas décadas mostraba un espectacular paisaje cubierto por las plataneras exclusivamente y que en algunas postales de la época se denominaba 'Bananaland'. Hoy el abandono de muchas parcelas, la proliferación de construcciones (en lugares de gran impacto visual) y las grandes 'heridas' sobre el paisaje de carreteras han modificado la visión bucólica que se regía por las señales horarias del reloj de la Heredad de Aguas.

La localización de la vía de ascenso al pico es un poco complicada y el trayecto forma una espiral que al final nos regala varios obsequios dignos de disfrutar: Una construcción de Manuel de la Peña integrada en el espacio y representativa de la arquitectura que marcó nuestra personalidad y reconocimiento en los sesenta; miradores hacia los distintos puntos cardinales de la isla y su horizonte norteño; y un restaurante con una completa oferta para todas las edades y gustos.
Ubicado en uno de los enclaves más llamativos y mejor situados del norte de Gran Canaria, el restaurante 'El secreto de Arucas' reúne unas condiciones atractivas para el visitante.

El establecimiento, construido por encargo de la Marquesa de Arucas, presenta una estructura amplia y moderna -a pesar de los más de 50 años transcurridos desde su construcción-, que es imperceptible desde la distancia por su acertado emplazamiento y diseño. En la actualidad, el mobiliario y la reforma de sus estancias, han recuperado el encanto inicial para que los usuarios puedan degustar una amplia y atractiva carta con productos frescos de huerta y del mar.

Atalayas de Gran Canaria

El origen volcánico de las Islas Canarias ha dado lugar a la presencia de numerosas atalayas con excelentes vistas panorámicas de las bellezas del paisaje de las islas. En particular, en Gran Canaria existen varios ejemplos de esta actividad volcánica, especialmente en el norte de la isla, con llamativos enclaves como el pico de Bandama, Montaña Cabreja (San Mateo), la montaña de Guía-Gáldar, la montaña de Firgas, El Helechal (Valsequillo) o el pico de Osorio (Teror), si bien la montaña de Arucas es una de las mejor situadas para contemplar la comarca norte e, incluso, poder disfrutar de las vistas del Teide o el conjunto volcánico de Las Isletas sobre la capital insular.
En la mayoría de estos picos, se han realizado miradores, restaurantes, hostales... Iniciativas que pretenden poner en valor los paisajes y vistas de la isla desde sus principales atalayas naturales.

Vistas desde la montaña de Arucas (FEDAC. 1927)
La conquista de Gran Canaria a finales del siglo XV trajo consigo la implantación de la religión católica, con la colocación de sus templos y santuarios más destacados en aquellos lugares donde se rendía culto a los símbolos de las creencias de los antiguos canarios, vinculados a los elementos naturales, los solsticios, los tiempos vinculados a las cosechas y a la fertilidad, entre otros. Los hitos geológicos de la isla no quedaron al margen de estos usos, con lo cual la propia montaña también cuenta con una cruz que domina toda la comarca.

Esta cruz tiene una inscripción en latín: “el día último de 1900”, y es todo un símbolo para los vecinos y vecinas del municipio norteño desde su infancia. Asimismo, recuerdan que fue realizada con unas vigas de tea que obtuvieron de un edificio del casco de Arucas construido en el siglo XVII. Su uso, además de servir de ‘antena’ religiosa de todo el norte, estaba vinculado a los ritos más importantes y por ello se encendía durante la fiesta de San Juan y también en navidades. Y no estuvo libre de las inclemencias del tiempo, ya que un temporal de viento la partió por su base y fue instalada nuevamente. Aquella cruz tenía una base de 25 metros cuadrados que soportaban la cruz de gran altura sobre uno de los bordes del cráter, pero tras su rotura y la construcción del Mesón, fue rodada para ser instalada en otro punto de la montaña sobre una base rectangular escalonada de sillares de cantería azul propia de la zona de Arucas.

Celebración del Día del Árbol (FEDAC. 1930)
En el caso de Arucas, la cima se encuentra a unos 410 metros de altura, con lo que 'oficialmente' no tiene la consideración de 'montaña', dado que la altitud mínima de una elevación del terreno para ser considerada montaña es de 700 metros sobre el nivel del mar. Pero popularmente se la conoce como tal, algo similar a lo que sucede con la construcción de la iglesia de Arucas, cuya magnífica obra en piedra de cantería ha dado lugar a que muchos la denominen 'la catedral de Arucas' sin serlo.

Red de miradores. De Néstor a Manuel de la Peña y otros intentos

La isla de Gran Canaria tiene una trayectoria histórica muy vinculada al turismo. El propio nombre del Archipiélago como parte de la región macaronésica define a la perfección el atractivo que estas islas han tenido para la cultura europea desde el surgimiento de la literatura clásica, con las obras de Homero (La Odisea, La Iliada, 700 AdC), donde sitúa en las islas el paraíso para los dioses y los humanos más destacados tras su muerte. Esa mitología también tiene que ver con la Biblia (primeros textos del Génesis), donde se habla del paraíso en los siguientes términos: “Jehová Dios hizo crecer del suelo todo árbol deseable a la vista de uno y bueno para alimento, y también el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo. Y Jehová Dios procedió a tomar al hombre y a establecerlo en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara”.

De ahí que a lo largo de los siglos la leyenda se viera incrementada con la convicción de que el jardín terrenal existía y estaba en la macaronesia, también conocidas por los escritores clásicos como las islas de los hombres felices, los campos Elíseos o el jardín de las Hespérides… Y así lo retrató Hieronimus Bosch, ‘el Bosco’, en su tríptico del Jardín de las delicias, donde Adán y Eva vivían felices junto a un drago, el árbol de la vida. Y no es el único artista flamenco que tiene referencias de Canarias, ya que el comercio de caña de azúcar desde las islas con los puertos de los Países Bajos dio lugar a un intercambio de arte a cambio de dulzura. Un arte que pretendía retratar a isleños en paisajes imaginados por los pintores, con escenarios de oídas para ambientar a los cultivadores de caña de azúcar propietarios de molinos y mecenas de artistas. Pero ninguno de los artistas flamencos pudo reflejar las montañas volcánicas de nuestra tierra desde un territorio en el que la llanura es rara vez cortada en el horizonte.

No así los artistas canarios, inspirados en su paisaje y su paisanaje para crear una producción original, tanto en las corrientes internacionales como en iniciativas tan propias e inimitables como lo es el movimiento indigenista, en el que el color, las figuras humanas y la flora giran en torno a un paisaje de tierras volcánicas y geografías accidentadas con sus cuevas como símbolo de identidad y de la íntima relación del pueblo grancanario con la tierra.

El Mesón de la Montaña

El arquitecto José Luis Gago Vaquero, en su obra 'Manuel de la Peña Suárez, estructuralismo y experimentación en la arquitectura de los 60' (Centro Atlántico de Arte Moderno, 2007), describe el Mesón de la Montaña de Arucas (1963) como una actuación que continúa el modelo de implantaciones “con el que el Centro de Iniciativas y Turismo de Gran Canaria organizaba rutas por el interior de la isla, en Arucas y sobre el vértice de la montaña en la que se asienta la villa, Manuel de la Peña va a proyectar un mesón que complementa y rentabiliza el mirador sobre el valle de plataneras. Por encargo de la Marquesa de Arucas, el arquitecto diseña una sencilla edificación que, discretamente, se asienta sin perturbar el perfil de la montaña y sin las ostentaciones ni los excesos decorativos con que se proyectaron la primera y segunda generación de referentes turísticos”.

Mesón de la Montaña (1963)
“Sobre la meseta elíptica que dejó la boca del volcán, de aproximadamente 150 x 100 metros. De la Peña dispone una retícula cuadrada de cuatro metros de lado, sobre cuyas aristas levantó pilares y cruzó vigas a 2,6 m del piso. Los pilares metálicos, compuestos por 4 perfiles en 'L' formando una cruz, y las vigas, de hormigón armado, de 20 x 60 cm, forman una estructura muy curiosa en la que los sucintos pilares, pintados de negro, soportan las sobradas vigas, pintadas de blanco. La tensionalidad de la estructura se transforma en una inesperada construcción inversa que parece tener la cimentación aérea”.

Añade el autor, “De los 63 cuadrados de que constaba la retícula 18 estaban cerrados, 16 abiertos formando una terraza y 9 componían un patio interior ajardinado. En total 848 m2 de los cuales 600 eran el mesón y 248 su envolvente”.

“El cerramiento, en cuanto no correspondía a áreas de servicio, era totalmente acristalado y permitía una visión panorámica de los jardines y del paisaje de las cumbres y el océano. Ante la general transparencia del edificio, la pregnancia cromática resaltaba la perspectiva geométrica de la estructura en una inequívoca alusión a la desmaterialización de los volúmenes”.

“Puede que el detalle más elocuente de esta alusión radique en la manera con que resolvió el extremo de las vigas de borde: prolongando 100 cm cada viga sobre la vertical de los pilares daba la sensación de que el mecano con el que se había construido o se estaba desmontando o iba a contemplarse. Duda o inquietud que resultaba tan atractiva como sugerente”.

“Pero De la Peña no sólo dibujó las siluetas de los muebles, sino que diseñó todas las carpinterías del mesón, ya fueran muebles o amueblamientos. Entre éstos estarían los mostradores, estanterías y poyos del office y la cocina. Entre aquéllos, las sillas, mesas y taburetes.

El Secreto de Arucas

Tras unos 65 años de historia, este establecimiento ha sido gestionado por diversas empresas que marcaron su impronta en el inmueble y en el entorno, tras lo cual se produjo el cierre de la actividad en verano de 2012 hasta que fue reabierto en 2014 con una imagen renovada que rescataba el proyecto inicial del prestigioso  arquitecto Manuel de la Peña, con sus cuatro miradores paisajísticos desde los que se puede observar la vega agrícola y la ciudad, el Teide, Las Canteras y hasta Fuerteventura, en los días más claros.

Las instalaciones se habían deteriorado como consecuencia de improvisadas ampliaciones que acabaron con uno de los iconos de la arquitectura grancanaria de la segunda mitad del pasado siglo. Sus propietarios decidieron retomar el Mesón y actualizarlo tirando los muchos añadidos que se realizaron durante décadas y que rompían la idea original del arquitecto Manuel de la Peña, así como añadieron nuevos equipamientos que respetaban el conjunto arquitectónico y una oferta gastronómica singular y atractiva.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Todo Incluido de angustias para el turista

Los turistas en plena carrera por las tumbonas.
Tenía pensado titular este comentario con un "No hay tumbonas p'a tanta gente", pero si me pongo en el pellejo de los turistas afectados creo que es más real y necesario hablar de angustia y estrés. Y todo porque un destino de sol y playa tiene como principal objeto cargarse de energía solar como si la zona de la piscina fuera una planta de energías limpias para el turismo, salvo por los aceites y bronceadores químicos. Y ahí está el problema, que la satisfacción del turista se limite a vegetar en un solarium durante las escasas jornadas de las vacaciones. Una barbacoa al solajero.

De ahí que no me asombren las imágenes divulgadas en todos los medios y redes en las que se ve a clientes del complejo Waikiki en Playa del Inglés a toda carrera para colocar su 'bandera' (toallas) sobre las justitas tumbonas junto a la piscina. Imágenes tercermundistas que, como tal, se han convertido en virales. Este vídeo, como otros muchos menos divulgados, es una muestra del mal negocio turístico que alguna empresa pone en práctica en un destino que lucha por mejorar su oferta y, así, obtener mayores rentas a través de la calidad, no de la cantidad.

Que decenas de personas se apiñen a las 7:30 de la mañana para colocar toallas en las tumbonas y reservar ese espacio para pasar el día, demuestra que hay errores de cálculo. Pero lo mismo que sucede en el solarium es probable que se produzca en el interior, en el comedor, por ejemplo o en la ratio clientes/empleados para una correcta atención al cliente. Y es que donde caben 100 no pueden entrar más, o por lo menos así debería ser en los establecimientos turísticos, tal como sucede con las normas de aforo en locales públicos bajo amenaza de sanciones.

El complejo lo gestiona actualmente la cadena nórdica Servatur, que se hizo con este establecimiento hace unos dos años. Anteriormente lo gestionaba la cadena Riu, pero entonces no se producían estos fenómenos. Pero nadie se libra, ya que este vídeo viral extiende su mala imagen a todo el sector turístico de las Islas Canarias, aunque sea un caso aislado (debería serlo) en un complejo turístico.

Lo cierto es que al asumir la explotación del Waikiki, se dio uso familiar a los alojamientos, lo que incrementaba la ocupación de cada habitación (y supongo que el beneficio económico) a la vez que masificaba el espacio limitado del complejo, máxime al tratarse de un establecimiento bajo la modalidad del Todo Incluido. De ahí que el entorno de la piscina parezca una planta de paneles solares en la que se ha ocupado cada milímetro por las tumbonas para que los clientes puedan disfrutar del sol y ponerse morenos, o más bien morados por el estrés que debe producir la lucha por conseguir un buen puesto junto a la piscina.

Al final, estamos ante un problema de dimensiones, donde el resultado se traduce en carreras, malestar, hacinamiento y una experiencia poco gratificante que repercutirá en la reputación social del establecimiento y, por ende, de todo el destino turístico. Sería conveniente tomar medidas para evitarlo...